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¡SALIO PATORUZITO!
Quién sabe si echando cinco centavos en la ranura, como decía el poeta, podía uno ver la vida color de rosa. Lo cierto es que por unos centavos más -veinte en aquellos tiempos de posguerra-, cualquiera podía verla con los colores fuertes y sin matices de Patoruzito.
Para quienes lo ignoren, Patoruzito nació de grande y después se hizo chico. Es algo frecuente en el mercado de las historietas, donde una vez definido un personaje se despliega su ascendencia o descendencia.
Dante Quinterno, había inventado hacia 1928 el personaje de un indio que llegaba a la ciudad, al que bautizó Patoruzú. Este cacique tehuelche, dueño de media Patagonia, que venía a Buenos Aires cargado de pepitas de oro y la rara disposición de hacer el bien, quedó bien definido en 1935 cuando tuvo su propia revista.
Basado en una premisa de solidez clásica, la excelente calidad de sus dibujos, y la ingeniosa pluma literaria de sus argumentos, y aun sus comentarios verseados al pie de la tira, le valieron a este Patoruzú una larga vida en la imaginación de los lectores argentinos.
Una vez impuesto y consolidado popularmente el personaje -y su universo, familiar, social y geográfico-, Quinterno pudo publicar “el gran semanario argentino con las mejores historietas de aventuras”, bajo el título de Patoruzito. Debutó el 11 de octubre de 1945.


¡Huija, canejo!
La tapa del número 1 presentaba al pequeño cacique acompañado de su caballo “Pampero”, el entonces potrillo “Pamperito”, con su característica mirada torva. Con esta publicación semanal, su autor se proponía ampliar el público de sus personajes. En el isologo de Patoruzito se unían las tres primeras sílabas, que evocaban al personaje original y convocaban a un público mayor, con la dos últimas, grandes y coloridas, que apuntaban al público infantil.
Por supuesto que ese cruce de edades se mantenía en el contenido, con la presentación de temáticas cómicas, de aventuras infantiles y de aventuras para todo público, o el masivo lector popular de entonces, el del folletín radiofónico. Había chistes o relatos humorísticos de media página, o aventuras en una o dos páginas, siempre implacablemente interrumpidas por el fatal “Continuará”.
Al principio, en la retiración de tapa, venía el “navegante independiente”, Langostino, un melancólico capitán de remolcador, de esos que abolió para siempre la privatización de los puertos. Esta mezcla de Joseph Conrad con Lewis Carroll fue creado por Eduardo Ferro y pintado a dos colores. Luego aparecía una historia gauchesco-fortinera escrita y dibujada por Raúl Roux, titulada justamente “Fierro a Fierro”. Dos páginas del entonces famoso detective newyorkino Rip Kirby, firmado por el maestro de la historieta yanqui Alex Raymond; y otras dos de la tira costumbrista de De la Torre y Cozzi, “Tucho”, de canillita a campeón”, las dos puntas del sueño argentino de entonces. La cana o la gloria, como diría unos años antes Carlitos Gardel.
Abajo, los avisos ofrecían al niño, al joven y al caballero la posibilidad de tomar la leche con Toddy para ser tan fuerte como Tarzán; ganar fama y dinero con la profesión de dibujante, ¡nada menos!, o convertirse en un Experto Técnico en Motores y salir Campeón. Un “todo por 2 pesos” en su hora de mayor fortuna; un mundo donde era posible que el héroe de la tira que iba en las dos páginas siguientes se llamara Aurelio, y se subtitulara “El audaz”. Citamos el resumen de una: persi-guiendo al acróbata Bucar, a quien se presume autor de un crimen, Aurelio únese a Mortimer; especta-cular individuo que organiza una patrulla serbia al objeto de exterminar a Danilo, hermano del acróbata y famoso guerrillero turco.
Al parecer, casi todo les estaba permitido a Insúa y Mottini, la dupla que lo escribía y dibujaba. Es posible suponer que su olvido se deba a que nunca ningún lector haya podido -simplemente- seguir el hilo del relato. Olvidable también parece ser la tira siguiente, “Rayo, el conquistador”, saga interplanetaria (tema de gran auge en los ‘50), a la que la definición ciencia ficción le queda holgada.
Mangucho era otra cosa. Obra solitaria de Battaglia, creador de personajes inmortales como la Vaca Aurora, Don Pascual, Meneca o el Cara Zurcida, salvaje pistolero del oeste, que –luego enfrentarse al inefable Mangucho, un pibe rubio y pecoso, en violenta balacera que los deja sin balas y en harapos– le pregunta si está dispuesto a seguirla y Mangucho dice que sí, si se trae un biombo.
Las dos paginas siguientes ponían una tira diaria británica sobre las aventuras del capitán de una nave mercante alrededor del mundo, Tug Transom, de O’Donnell y Sindall.


El arte de las portadas
¡Fíjense qué trío!: plantaba a lápiz Blotta, pasaba a tinta Lovato y pintaba Guillermo Roux. De este magnífico equipo de artistas salían las tapas que cada jueves convocaban a la juvenil afición. Todas las Patoruzito, hasta el número 593 del 9 de mayo del 1957, tenían como protagonista al pequeño gran cacique. Y a Isidorito Cañones, su infaltable contrapunto.
Que todavía hoy sea una delicia contemplarlas no se debe a la magia ni a la nostalgia. Lo atractivo de ellas consiste en el relato implícito y perfectamente legible. No una ilustración, sino un chiste. Preciso, claramente definido, mudo. No había nada que decir sino todo que mirar.
 
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