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Esta muestra cuenta con trabajos de:

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Camblor Osvaldo
Cao Fernando
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Muestra
Patoruzú: una revista una época


Del 29 de noviembre de 2008 al 1 de marzo de 2009 en el Museo de Artes Plásticas Eduardo Sivori.

Revista Patoruzú: una bisagra cultural
Dante Quinterno, había inventado hacia 1928 el personaje de un indio que llegaba a la ciudad, al que bautizó Patoruzú. Este cacique tehuelche, dueño de media Patagonia, que venía a Buenos Aires cargado de pepitas de oro y la rara disposición de hacer el bien, quedó bien definido en 1936 cuando tuvo su propia revista.
Llegó a los quioskos el 12 de noviembre de 1936. Era una revista de formato apaisado, que traía en la tapa al indio “Patoruzú” mirando a un mono en una jaula que lo miraba, aún,  más asombrado a él. Ya desde la tipografía de “Patoruzú” se percibía que se trataba de algo divertido.
Empezó como mensuario, agotó-según se cuenta-cien mil ejemplares en una tarde; pocos meses después se convirtió en quincenal y un año mas tarde en semanal
Muy pronto la tira desplazó a la aventura, el chiste a lo historietístico, lo gráfico cedió espacio al humor escrito, familiar, costumbrista, urbano.
Con esta perspectiva se introdujeron notas, relatos y comentarios humorísticos respecto a los diversos temas incluidos en lo que el periodismo llama “la actualidad”. Por este camino “Patoruzú” conectó con los lectores porteños y alcanzó ventas memorables, algunos hablan de 300.000 ejemplares semanales.
Desde la aparición de la revista el humor escrito tuvo un lugar preponderante. Ese espacio fue pergeñado por Luis Alberto Reilly, para algunos una suerte de “co-creador” de la publicación. Siempre de manera más risueña y desopilante que “zafada”, la escritura recorrió los caminos del aguafuerte, el cuento costumbrista, el diálogo, la escena o sketch y las falsas crónicas, noticias, entrevistas y críticas. Se sumaron a esa redacción varias plumas que provenían del periodismo y las letras, como Raimundo Calcagno (Calki, en su seudónimo como crítico de cine), Félix Daniel Frascara (más conocido como periodista deportivo), Enrique González Tunón, Abel Santa Cruz (que en los años 40 dio a conocer a Jacinta Pichimahuida). Casi todos ellos utilizaron diferentes alias, como era habitual. Finalmente, Mariano Juliá reemplazó a Reilly y fue también pieza esencial en la revista de Quinterno.
El capitalismo moderno casi ha acabado con el ritual de la compra. Hubo un tiempo, sin embargo, en que el lector esperaba por sus revistas, o salía a comprar el diario. El “Libro de Oro de Patoruzú” fue una de esas afortunadas publicaciones. Ya antes de las fiestas, sus lectores empezaban a afluir a los quioscos para averiguar cuando salía. Tal era la ansiedad por el robusto volumen lleno de chistes, tiras cómicas y mucho para leer, que componía el Patoruzú anual, indisolublemente ligado, como señalan varios autores, a las costumbres de la época.  Para las navidades de 1937, salió a la calle el primer número. La publicidad que anunciaba esta “Edición Limitada” era premonitoria: “El libro que Ud. guardará  por muchos años y comentarán sus nietos”.
    
Horacio López
para “La Argentina que Ríe”, de Andrés Cascioli y Oche Califa
Fondo Nacional de las Artes - 2008

Revista Patoruzito
Una vez impuesta y consolidada popularmente la revista Patoruzú -y su universo, familiar, social y geográfico-, Quinterno pudo publicar “el gran semanario argentino con las mejores historietas de aventuras”, bajo el título de Patoruzito. Debutó el 11 de octubre de 1945.
La tapa del número 1 presentaba al pequeño cacique acompañado de su caballo “Pampero”, el entonces potrillo “Pamperito”, con su característica mirada torva. Con esta publicación semanal, su autor se proponía ampliar el público de sus personajes. En el isologo de Patoruzito se unían las tres primeras sílabas, que evocaban al personaje original y convocaban a un público mayor, con la dos últimas, grandes y coloridas, que apuntaban al público infantil.
Por supuesto que ese cruce de edades se mantenía en el contenido, con la presentación de temáticas cómicas, de aventuras infantiles y de aventuras para todo público, o el masivo lector popular de entonces, el del folletín radiofónico. Había chistes o relatos humorísticos de media página, o aventuras en una o dos páginas, siempre implacablemente interrumpidas por el fatal “Continuará”.
Un párrafo especial para el arte de las portadas: ¡Fíjense qué trío!, plantaba a lápiz Lovato, pasaba a tinta Romeu y pintaba Guillermo Roux. De este magnífico equipo de artistas salían las tapas que cada jueves convocaban a la juvenil afición. Todas las Patoruzito, hasta el número 593 del 9 de mayo del 1957, tenían como protagonista al pequeño gran cacique, y a Isidorito Cañones, su infaltable contrapunto.
Que todavía hoy sea una delicia contemplarlas no se debe a la magia ni a la nostalgia. Lo atractivo de ellas consiste en el relato implícito y perfectamente legible. No una ilustración, sino un chiste. Preciso, claramente definido, mudo. No había nada que decir sino todo que mirar.
Horacio López
para la Revista BePe Nº 3 de 2007

Recuerdos de la Editorial Dante Quinterno
A los 15 años entré en la Editorial Dante Quinterno.
En ese momento estaba en San José y Avenida de Mayo, primer piso, justo en aquella esquina en donde un león de utilería, un poco apelmazado, anunciaba Ferro Quina Bisleri.
Pasábamos a tinta los fondos de las historietas Vic Martín, Sagrera y yo. Ellos recién llegados de Rosario.
En la otra sala, la sala de dibujantes, como se decía, que daba a la esquina, trabajaban Lovato, Ferro, Blotta y Romeu. Lovato era el jefe de dibujantes.
Quinterno aparecía de tanto en tanto.
Recuerdo su caminar nervioso y su aguda mirada, a la que nada escapaba. Miraba aquellas tiras en detalle y nada iba a la imprenta sin su aprobación.
Repetto, Mariano Juliá, El vizconde de Lascano Tegui, Mariano de la Torre iban de aquí para allá imaginando situaciones, comentando las notas, siempre agudos, rápidos, llenos de humor.
Esos primeros años fueron maravillosos, para mí un mundo nuevo y extraordinario.
A pesar de las notables diferencias de edad, ellos fueron mis amigos ¡y cuánto aprendí!
La Editorial se mudó a J. E. Uriburu. Fue un progreso. El nuevo piso en un edificio de categoría era mucho más grande. El tiraje de las revistas crecía sin parar, fue un momento de oro para las historietas, en una Argentina llena de optimismo.
Yo también había evolucionado, ahora compartía la sala de dibujantes con Lovato, Ferro, Blotta, Battaglia, Romeu. Para mí, una gran distinción.
Quinterno tenía su estudio en la planta baja. Le llevaba las historietas pasadas a tinta para que las viera y mientras las revisaba, yo, parado a prudente distancia, podía ver cuando corregía, sin marcar a lápiz, directo con tinta, la posición de algún personaje que le parecía equivocada. ¡Y qué trazo lleno de intención el de su pluma Gillot!
La Editorial era una gran fábrica. Todos aquellos ingenios creadores se complementaban unos con otros, buscando nuevas ideas, formas de ver, creando personajes.
Para mí, una experiencia extraordinaria verlos nacer, desde los bocetos hasta la concreción y por supuesto al final la aprobación de Quinterno.
Era común quedarse después de hora, hasta tarde, para llevar los originales a la imprenta Fabril Financiera, y allí íbamos con Ferro a entregar el paquete con los originales del número, y después a comer al Tropezón de Callao. ¡Toda una fiesta!
En esa época yo ya pintaba las tapas de Patoruzito. Quinterno había descubierto mi facilidad para el color y me las dio. Poco a poco. Todo el color de las publicaciones pasaba por mis manos.
Pinté la primera mancha que hice con Ferro en el Riachuelo. Todos ellos pintaban. Blotta iba de paseo a Mar del Plata algunos fines de semana y al llegar a la Editorial hacía 20, 30 manchas en témpera de lo que había visto en el viaje.
Lovato me mostró el primer Van Gogh que vi, Los Girasoles, y me habló de la pintura japonesa, del impresionismo, de la síntesis.
De a poco fui entrando en la pintura, ellos me alentaban. Un 17 de setiembre me regalaron el primer caballete que tuve y que aún conservo.
Aunque no estaba escrito, Quinterno marcaba el riguroso ideario de la Editorial. No armas, no violencia, no sexo. Siempre apuntar y exaltar lo más noble. Nunca reírse de los defectos. ¡Prohibidos los chistes con ciegos o con rengos! Sin por esto perder el humor y la crítica oportuna.
Un día Quinterno me pidió ir más temprano para pintar juntos una tapa del Libro de Oro de Patoruzú. Federico, gran letrista, había inventado una tipografía nueva y original para el título.
Recuerdo muy especialmente aquella mañana.
Todos los grandes de la época pasaron por la Editorial. Tuve la suerte de verlos trabajar, de oír sus comentarios, de conocer sus ideas, de aprender de ellos.
A los 18 años entré en la Academia y el pintor que había en mí me llevó por otro camino. Fue difícil dejar aquel mundo.
El despegue fue lento, inevitable; y cuando a los veintidós años el vapor Salta me llevó a Europa, al alejarse del puerto para internarse en el Río aquella noche, un mundo de sueños, encantado, quedó atrás.
Conservo aún el mantel dibujado y firmado por toda la Editorial, testimonio de la cena de despedida.

GUILLERMO ROUX
Octubre de 2008

 

 
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