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Martín Fierro: contrapunto ... y más
33ª Feria Internacional del Libro de Buenos Aires
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Artistas
Alonso, Carlos
Balán, Américo
Bellocq, Adolfo
Carballo, Aída
Castagnino, Juan Carlos
Di Toto, Gabriel
Fontanarrosa, Roberto
Gasparini, Osvaldo
González, Roberto (Cachete)
Güiraldes, Alberto
Lamela, Juan
Macaya, Luis Fernando
Marenco, Eleodoro
Mezzadra, Roberto
Onofrio, Norberto
Ramos, Rodolfo
Rebuffo, Víctor
Repetto, Armando
Seoane, Luis
Vanzo, Julio
 
Martín Fierro: contrapunto ... y más

33ª Feria Internacional del Libro Buenos Aires
del 16 de abril al 7 de mayo de 2007



El poema Martín Fierro fue escrito por el poeta, periodista y político argentino José Hernández. Considerado su escrito cumbre, esta historia épica y popular ha sido convertida en una obra clásica de la literatura nacional. El poema consta de dos partes: la primera, El gaucho Martín Fierro fue redactada en el año 1872, y siendo tan significativa la recepción que tuvo entre el público lector, Hernández se encomendó en el año 1879 a la composición de la segunda parte de la obra llamada La vuelta de Martín Fierro.

Es significativo que una obra como el Martín Fierro fuera escrita y publicada en un período muy particular de la historia nacional –iniciado en el año 1862 y que culminaría en 1880-  conocido como la “etapa de la organización nacional”. El mismo se caracterizó por el inicio de la construcción del Estado, pero al mismo tiempo, por la elaboración de un proyecto de modernización política, social y económica que daría sus frutos en los años sucesivos, y que se extendería hasta las primeras décadas del siglo XX.

Así, el relato de Hernández, se construye desde una perspectiva que muestra parte de dichos cambios o, más bien, de lo que los mismos suponen para el hombre perteneciente al ámbito rural, para el “gaucho” de las pampas. No sólo la transformación afectaría la forma de vincularse al mercado de trabajo sino que –y fundamentalmente- modificaría un conjunto de actividades y prácticas propias de una forma de vivir.

Y es así que se observa la transformación del gaucho “Martín Fierro”: un hombre ligado a la vida familiar tradicional, obligado a alistarse en un ejército que aborrece y del cual escapa, se transforma en un fugitivo que vive al margen de la ley; pero cuando retorna, lo hace a aquel mundo del que había escapado, resignando gran parte de su independencia y de su libertad.

Estos elementos del relato podrían explicar por qué la obra de Hernández tuvo una excepcional acogida entre la población de las áreas rurales (los 48.000 ejemplares del folleto “El gaucho Martín Fierro” vendidos en los primeros seis años así lo demuestran).
Pero el autor no gozó de una inmediata aceptación en el mundo de la cultura letrada de las ciudades. Es más: su efectiva consagración literaria data de los primeros años del siglo XX, al calor de los elogios en las publicaciones de Leopoldo Lugones. Pero otro era ya el contexto nacional e internacional en el que se producía la revalorización del Martín Fierro. Ya el nacionalismo había comenzado a dejar su impronta, y la Argentina no se encontraría exenta de dicho proceso.

Este sería el puntapié inicial para que la obra de Hernández se convirtiera en un clásico de la literatura argentina. Pero, por sobre todas las cosas, serviría también para la definitiva consagración del gaucho como el representante del ser nacional frente al temor representado por la figura del inmigrante, agente capaz de generar la disolución de los lazos y las costumbres y tradiciones nacionales. Esta revalorización del Martín Fierro y de su autor culminaría con la institucionalización del Día de la Tradición el 10 de noviembre, fecha en la que se recuerda el nacimiento del propio José Hernández.

María José Valdéz


Martín Fierro, el superclásico

Los textos literarios, como los enfrentamientos futboleros –si cabe la analogía bárbara y adecuada a los tiempos- no nacen clásicos, no lo son en el inicio. Un poema, una novela, un relato, incluso una canción, no son clásicos de salida: se hacen. Pueden en su momento ser famosos, populares, o no serlo. Pero clásicos se hacen en el tiempo y a través de las lecturas, los usos y los sentidos que la comunidad encuentra y/o les otorga. Precisamente, una obra clásica (y ahí ya aparecen en el oído las tácitas mayúsculas tan temidas y engoladas, las letras doradas sobre falso cuero que espantan a lectores y educandos) no tiene o debería tener nada de lejano o de “serio” que hiciera de su lectura una ceremonia de iniciación casi religiosa o de obligada reverencia, operación solemne de taxidermia con críticos mediantes.

Nada de eso: un clásico es aquella obra que más allá de las circunstancias (tiempo y espacio, esas coordenadas fatales) en que fue concebida y difundida sigue respondiendo cada vez que se lo interroga con fervor, sinceridad e inteligencia (eso es leer) y no con respuestas fijas o recetas de cualquier tipo sino con preguntas cada vez más sutiles. Un texto clásico, como salir a la calle o abrir la ventana, despliega el/los sentidos en todos los sentidos de la palabra “sentidos”.  Es decir: es precisamente un texto que está -permanece- vivo, habitualmente más vivo que uno. Por eso su lectura no nos hace más cultos –como si la cultura fuera acumular información, puntos- sino que simplemente nos hace bien; y ojalá, mejores.

Bien: Martín Fierro es un clásico. Un clásico argentino. Como El juguete rabioso, El sur, El sueño de los héroes o El Eternauta. Escrito por un político y periodista opositor al sistema vigente en su tiempo para defender una causa de algún modo ocasional y denunciar ciertas políticas puntuales –la situación de un sector social semimarginal de la campaña- El Gaucho Martín Fierro no circuló, en principio, por los carriles habituales de la literatura de su época. Su autor eligió una modalidad expresiva impostada (está escrito “a la manera de”) como una manera de acercarse a un lector real, masivo, que le interesaba. Tampoco fue propiamente un libro sino un folleto –incluso ilustrado, tentación reiterada y manifiesta- que se vendía en los almacenes, como hoy sería en los kioscos, y no itinerario de lectura y consumo no terminaba en las bibliotecas sino en la memoria atenta de los lectores a veces iletrados (su público interesado) que lo repetían, haciéndolo suyo.

Que ese texto nacido sin pretensión y en los arrabales del incipiente sistema cultural y de la literatura argentina se haya convertido –equívocos mediante- en reputado clásico de los clásicos nacionales es una cuestión que cada lector ha de replantear y descubrir en el mágico e insustituible momento de la gozosa lectura personal. Buen provecho.

Juan Sasturain  


El Martín Fierro, una obra epónima de nuestra literatura, como todos saben es un poema en verso narrado en primera persona. Quizás por ese motivo haya una falta de descripción física de este personaje, salvo las primeras ediciones que eran rústicas y que llevaban la imagen de una pareja a caballo camino al rancho. Podemos suponer que el artista que la realizó pensó que ese gaucho era la imagen del personaje. Cuando Lugones redescubre este poema y desde una visión culta lo distingue como una de las cumbres más altas hasta ese momento de la literatura argentina, comienza a publicarse por editoriales prestigiosas y con características de libro de arte. Al ilustrarlo hubo que darle un rostro a este personaje literario que se transforma en el símbolo que describe con características especiales una parte de la historia argentina poco conocida ante el éxito que habían tenido los gobiernos liberales que se sucedieron desde la organización nacional.

En el año 1937, Domingo Viau edita este libro ilustrado por Tito Saubidet, un pintor argentino fallecido en los años 60, que vivió largo tiempo en París. Allí, en Francia, ilustró escenas de lo que llamamos la Primera Guerra Mundial, pero el principal motivo fueron los paisajes argentinos.

Anteriormente en el año 1930 Adolfo Bellocq ilustra el Martín Fierro para Amigos del Arte, entidad importantísima que en aquel tiempo dirigía la Sra. Sansinena y que durante muchos años alquiló el local que tenía la Galería Van Riel para sus exposiciones.  Curiosamente, la ilustración se la encargó a Adolfo Bellocq, integrante de los denominados Artistas del Pueblo junto a Facio Hebecquer, Arato, Vigo, Riganelli y en algún momento Quinquela Martín, que eran de ideología anarquista.

Otro de los artistas, Alberto Güiraldes, ya había hecho el mismo trabajo para ilustración de la obra de su hermano Ricardo, “Don Segundo Sombra”. Gran amigo de Pedro Figari.   Alberto Güiraldes integraba el Grupo de Florida, en contraposición del Grupo de Boedo donde estaba Bellocq.

Dentro de las corrientes clásicas destacamos las obras de Luis Macaya, Tomás Di Taranto, Eleodoro Marenco.  Aquellos que fueron vanguardia de los años 40 y 50 las del gran artista rosarino Julio Vanzo y Juan Carlos Castagnino, cuya edición publicada por Eudeba en 1962 debe de haber sido la más vendida y por ello algunos dicen que Castagnino pintó el verdadero retrato de Martín Fierro.

En las generaciones más jóvenes se destaca la obra de Roberto González (artista entrerriano que perteneció al movimiento de la Nueva Figuración de los años 60), Carlos Alonso (mendocino que también integró ese grupo), Roberto Fontanarrosa (rosarino) y Luis Scafati (cuyano).

Enrique Scheinsohn
 

 
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