Museo del Dibujo Victor Delhez - Retrospectiva
 
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Grandes Autores - Grandes ilustradores
Museo de Artes Plásticas Eduardo Sívori
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Artistas
Ajler, Ricardo
Alonso, Carlos
Arteche, Cristóbal
Audivert, Pompeyo
Balán, Américo
Battle Planas, Juan
Bellocq, Adolfo
Bermúdez Franco, Antonio
Berni, Antonio
Campodónico, Rodolfo
Carballo, Aída
Cascioli, Andrés (Demo)
Castagna, Rodolfo
Castagnino, Juan Carlos
Cogorno, Santiago
Delhez, Víctor
Lamela, Juan
Masereel, Frans
Onofrio, Norberto
Páez, Roberto
Pereyra, Pablo
Pettoruti, Emilio
Planas Casas, José
Rebuffo, Víctor
Rechain, Arístides
Ronsperger, Marietta (Lydis, Mariette)
Russo, Raúl
Sabat, Hermenegildo
Saforcada, Hemilce
Salazar, Toño
Scafati, Luis
Seoane, Luis
Sergi, Sergio
Soldati, Oscar
Spilimbergo, Lino Enea
Torrallardona, Carlos
Urruchúa, Demetrio
Zapata Gollán, Agustín
 
Grandes Autores - Grandes ilustradores

Museo de Artes Plásticas Eduardo Sívori
del 11 de diciembre de 2010 al 8 de marzo de 2011

37ª Feria Internacional del Libro de Buenos Aires
del 20 de abril al 9 de mayo de 2011

2ª Feria del Libro de Hurlingham
del 25 al 30 de mayo de 2011

Biblioteca Ricardo Güiraldes
10 de junio de 2011

21ª Feria del Libro Infantil y Juvenil
del 11 al 30 de julio de 2011

 

SEIS AÑOS CELEBRANDO A NUESTROS ILUSTRADORES

El Museo Sívori y el Museo del Dibujo y la Ilustración han compartido una larga y fructífera historia. La aparición de Hugo en nuestra vida dio inicio a una serie de exposiciones a cual más interesante y exitosa:

2004   “Erotismo: mujeres por mujeres tres miradas”, trabajos de las inolvidables artistas Mariette Lydis, Rebeca Guitelzon y Hemilce Saforcada.
2005   “Carlos Alonso - Don Quijote 400 años” y “Chicas de Divito”, cuyos títulos lo dicen todo.
2006   “Lino Palacio: homenaje”, sin palabras.
2007   Colectivo de “Postales Porteñas”: 40 artistas con escenas costumbristas de nuestra ciudad.
2008   “Patoruzú: una revista una época”, con orígenes de los grandes que actuaron en la publicación: Quinterno, Battaglia, Poch, Blotta, Ferro, Gubellini y otros.
2009   “Bicentenario: 200 años de humor gráfico”.

En 2010, y cerrando en 2011, reinará la titulada “Grandes Autores, Grandes Ilustradores”.
Será el importantísimo puntapié inicial de una sucesión de muestras que acompañarán el nombramiento, por parte de la UNESCO, de Buenos Aires como Capital Mundial del Libro en el año venidero.

Emociona sentir que la Argentina vuelve a destacarse en el mercado editorial de habla castellana, espacio en el fuera imbatible durante los años ‘40 y ‘50 para luego ir resignando ese impulso, por razones obvias. El Museo continuará esta conmemoración con un salón y un concurso de encuadernaciones, con una exposición de nuestros adorados libros de artistas y (esperamos) con la presencia de Eloísa Cartonera, que ya ha sido invitada.

Antes de despedirme, el aviso institucional: qué gran satisfacción haber abierto el camino a la reivindicación total y completa de nuestros artistas de la gráfica, la caricatura y el chiste; qué modo culto y formativo de trasmitir nuestras tradiciones y costumbres.

Poco importa que los curadores de Washington estén mostrando embelesados –en una de sus más importantes instituciones– a Rockwell: hace ya rato que los museos públicos les están otorgando a nuestros ilustradores el lugar que se merecen, junto a todos los artistas plásticos argentinos.

Arq. María Isabel de Larrañaga
Buenos Aires Capital Mundial del Libro 2011


En la historia de la humanidad no se registra una coincidencia como la que ocurre el 23 de abril de 1616. En ese día mueren William Shakespeare y Miguel de Cervantes Saavedra, europeos y exponentes principales de la palabra escrita en los dos idiomas más utilizados en la actualidad en Occidente. Pero además ese mismo día también muere el escritor Inca Garcilazo de la Vega, uno de los primeros intelectuales producto del "Crisol de Razas" en que se convertirá la recién descubierta América.

Con la intención de alentar el placer de la lectura, la producción editorial y la protección de la propiedad intelectual, la UNESCO en 1996 decide rendir un homenaje a estos autores e instaura el 23 de Abril como el "Día Mundial de Libro y del Derecho de Autor".
Cinco años después la apuesta fue mayor: la UNESCO estableció el concepto de "Capital Mundial del Libro"  eligiendo a Madrid como ciudad inaugural en 2001.

Desde ese momento decenas de ciudades han presentado su candidatura para lograr esa designación, motivadas por mostrar al mundo su producción literaria y expandir sus horizontes  culturales. La distinción se trata de un reconocimiento simbólico que moviliza a una gran cantidad de lectores, escritores, editores, traductores, estados y empresas en un objetivo común: la celebración de la palabra escrita.
En virtud de su importante pasado y presente literario, en 2011 Buenos Aires fue la ciudad elegida, coincidentemente con el décimo aniversario de la creación de la Capital Mundial del Libro.

Nuestro Museo, que siempre estuvo íntimamente relacionado con la producción literaria y gráfica, quiere rendir un homenaje a esta merecida designación. Avala la relación el matrimonio existente desde el medioevo, entre los textos y los dibujos e ilustraciones que los acompañaron. Por otra parte nuestras muestras fueron realizadas desde sus inicios en lugares emblemáticos para el libro como la Biblioteca Nacional, uno de cuyos directores fue Jorge Luis Borges, la Biblioteca Nacional de Maestros, en su momento dirigida por Leopoldo Lugones, y la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

Nuestro homenaje se concreta con la exhibición de dibujos y grabados originales, verdaderas obras de arte realizadas por importantes artistas plásticos, que engalanaron ediciones impresas en Buenos Aires.

Esta muestra en principio se presentará en dos instituciones que desde el primer momento nos han hecho sentir como si estuviéramos en nuestra casa, el Museo de Artes Plásticas Eduardo Sívori y la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, en cuyos respectivos espacios llevamos realizadas más de una decena de exposiciones.

Es interesante recordar una definición de Manuel Mujica Láinez, -escritor dibujante y crítico de arte-: “ilustrar no es solo como el diccionario dice: ‘adornar un impreso con láminas o grabados alusivos al texto’, sino también de acuerdo con el mismo diccionario, ‘ilustrar es hacer ilustre’. O sea que el verdadero ilustrador por un lado debe contribuir a clarificar el texto con imágenes alusivas, y por el otro su aporte debe enriquecerlo en dignidad y trascendencia”.

Como cierre valga un reconocimiento, y a la vez incentivo, para el destinatario final: ‘EL LECTOR’.

Museo del Dibujo y la Ilustración

 

      Desta manera me parece a mí, Sancho, que
      debe de ser el pintor o escritor, que todo es
      uno, que sacó a la luz la historia deste nue-
      vo Don Quijote que ha salido; que pintó o
      escribió lo que saliere….
      Quijote, II, XXI, 


Las expresiones artísticas reconocen infinitas variantes, distintas formas y poseen un sin número de contenidos. A excepción de la música donde el fondo y la forma se confunden en todas las otras se puede buscar un denominador común en la forma e indagar en su contenido. 
Toda obra plástica (una pintura, un dibujo) reconoce en la imagen su eje y vertiente principal. La literatura se nutre de la palabra ya que el verdadero hecho estético se logra cuando se alcanza una frase que hace vibrar al lector, que lo sacude de su modorra y lo eleva a una dimensión distinta. Está bien plasmada la frase que define a la literatura como “el arte de encantar la palabras”. Así de sencillo y así de complejo.
Las pinturas más antiguas de las cuales se tiene conocimiento provienen del paleolítico, hace dos millones y medio de años, y curiosamente no tenían por objeto la comunicación sino más bien estaban relacionadas con la magia, esto es, estaban más cerca de la creación artística. Esas pinturas que se encontraron en cavernas o en cuevas adonde era necesario acceder por iluminación artificial se realizaban en la creencia de que el artista al realizar el dibujo de un animal o de un objeto gozaba de una influencia sobre él o sobre sus acontecimientos. La manifestación con signos fonéticos data de unos 30.000 años, pero la comunicación por medio de la escritura es mucho más reciente en el tiempo: entre 5 y 6.000 años antes de Cristo.
Estos verdaderos vehículos culturales, además de cumplir con otros objetivos, son sin duda un cabal testimonio de otros tiempos, de otras épocas. Lo poco o lo mucho que sabemos de las culturas más lejanas están representadas por la sencillez o la complejidad de un dibujo, de una pintura, o de un conjunto de signos pictográficos, que fueron mutando en el tiempo hasta derivar en los alfabetos actuales.
La propuesta que hoy tenemos ante la vista, una suerte de hermandad de las artes, presenta nuevos desafíos de interpretación. Creo intuir que en este caso la palabra escrita fue anterior a la obra plástica, cada artista del pincel trabajó sobre un texto y sobre él plasmó su forma gráfica para interpretarlo. Cortázar actúa de manera contraria en sus “Instrucciones para entender tres pinturas famosas” no sin ironía, en su Historias de Cronopios y de Famas de 1962. Sin embargo me atrevería a decir que no se trata efectivamente de una serie de textos ilustrados por una obra gráfica y desde luego mucho menos de una obra gráfica explicada por un epígrafe. Cada conjunto abarca una unidad, una unidad secreta, compuesta de imágenes y palabras. Está en cada uno de los observadores desentrañar esa unidad, esa secreta complejidad y este es el juego hermoso que propone esta muestra. Decía Borges al respecto: “Descubrir lo desconocido no es una especialidad de Simbad, de Erico el Rojo o de Copérnico. No hay un solo hombre que no sea un descubridor. Empieza descubriendo lo amargo, lo salado, lo cóncavo, lo liso, lo áspero, los siete colores del arco y las veintitantas letras del alfabeto; pasa por los rostros, los mapas, los animales y los astros; concluye por la duda o por la fe y por la certidumbre casi total de su propia ignorancia”. 
Las combinaciones son múltiples, pero en todos reconocemos a los más importantes exponentes de ambos territorios.

Alejandro Vaccaro   
 

El libro ha sido desde sus comienzos el principal medio de transmisión cultural.

Casi junto con el artefacto libro aparece el oficio de ilustrador, casi como un complemento ineludible. Desde  los primeros incunables escritos a mano por austeros monjes  y adornados con viñetas meticulosamente trabajadas, donde en una letra de cabecera se dibujaba una compleja  imagen. Hasta la invención de los tipos móviles de Gutemberg en 1440.
Desde esas épocas remotas a hoy  transcurrieron muchas etapas, el oficio de ilustrador, esa instancia de acompañar con imágenes plásticas un texto fue transformándose, adecuándose a las técnicas de impresión que  la industria del libro iba encontrando, desde las primeras  xilografías, mas tarde con la calcografía hasta  que en 1798 aparece   la litografía que será el antecedente del offset  todo esto incidía en la concepción del dibujo.

En un comienzo no podemos olvidar el aporte de grandes maestros como el Durer o Rembrandt, quienes con sus grabados enriquecen textos históricos y fundadores. Así  también otras vertientes  se nutrieron de la ilustración, como el periodismo gráfico, el cartel y el comic, para llegar finalmente al cine. Hoy considero que los grandes ilustradores de textos clásicos son los directores de cine.
Artistas ilustradores como Thomas Bewick, Arthur Rackham, Beatriz Potter o Aubrey Beardsley   inauguraron nuevos caminos en el arte de la ilustración inglesa, que supieron desarrollar Gustavo Doré en Francia o Paul Gavarni, George Grosz y Alfred Kubin  en Alemania.
Todo este movimiento no pasó inadvertido en Argentina.

Fue así que una escuela de ilustradores surgió primero en el periodismo, dibujando en revistas de carácter satírico como El Mosquito o la conocida Caras y Caretas, en ella creció un buen número de ilustradores profesionales como Alejandro Sirio o José María Cao, y tantos otros que con sensibilidad y destreza creaban imágenes que acompañaban una época.

A lo largo del siglo XX grandes artistas plásticos arribaron a la ilustración aportando sus sensibilidades diversas, desde el pintor Antonio Berni, Raúl Soldi o la grabadora Aída Carballo al gran dibujante Carlos Alonso que supo crear obras inolvidables ilustrando La guerra al malón, o el Martín Fierro, eran artistas plásticos  que incursionaban en el mundo editorial, pero también hubo artistas que desarrollaron su labor en el mundo editorial, haciendo el camino inverso, tal vez el caso mas relevante sea el maestro Roberto Páez.
Dueño de un estilo inconfundible mezcla de grabado xilográfico y dibujo, las imágenes de Páez son como sellos poderosos, aglutinantes que sintetizan plásticamente una obra literaria. Un ejemplo desbordante pueden ser las ilustraciones que realizó para El Quijote de la Mancha, donde inaugura un nuevo sistema gráfico que sería un antecedente de lo que hoy llamamos Photoshop.

Paradójicamente, a pesar de encontrarnos en plena era de la imagen, el oficio de ilustrador es hoy un arte en extinción. Basta recorrer la iconografía producida en otros periodos florecientes del pasado  para comprobar esta dolorosa verdad.

Luis Scafati

 

 “Mándenme cincuenta Robin Hood”, pedían los libreros y ni siquiera especifican los títulos, a lo sumo aclaraban que no faltara Corazón o La cabaña del Tío Tom. Pero no ponían mayores exigencias porque sabían que los lectores comprarían todos los libros de esa serie memorable de tapas duras y amarillas. Publicada por editorial Acme desde 1943, la “Robin Hood” simbolizó el pasaje de la infancia a la adolescencia de por lo menos dos generaciones. Incorporada a la cotidianidad, se regalaba para los cumpleaños o cuando un chico se enfermaba, se hacía circular en las reuniones familiares y se le pedía a los “ratones” con la caída de algún diente.  A mediados de la década del 70 ese vínculo sostenido empezó a debilitarse y hacia los 80 se interrumpió la producción. Para cuando la colección cumplió 50 años volvieron a editarse 40 títulos en un formato más pequeño, sin sus clásicas tapas duras ni sus grandes ilustraciones. A pesar del golpe que esos cambios significaron para la nostalgia, la Robin Hood sigue vivita y coleando hasta hoy.
Acme Agency  nació en 1928 como agencia se suscripciones de revistas extranjeras que luego empezó a importar en forma directa y, desde hace varias décadas, se dedica a la venta de libros en inglés. Modesto Ederra había nacido en Bahía Blanca en 1903,  trabajó en el campo hasta que se hartó y viajó becado a Buenos Aires, intentó entrar a la Marina y -auque lo que quería ser allí era contador- no lo dejaron porque era demasiado flaco. Decidió probar suerte en los Estados Unidos, aprendió el inglés leyendo diccionarios mientras viajaba y cuando en la embajada argentina le perdieron la libreta de enrolamiento y se convirtió en desertor. Hasta que logró volver a la Argentina y se empleó en Acme, emprendimiento que finalmente le compró al corresponsal del New York Times que lo tenía por entonces a su cargo.
Lo primero que Ederra editó fueron traducciones de libros para adultos hasta que a Amadeo Bois, un vendedor de libros con poco capital, se le ocurrió imprimir unas traducciones de la obra Robin Hood. De esa experiencia partieron cuando Bois y  Ederra se asociaron y decidieron probar con una colección de textos clásicos dirigidos al público juvenil. Tomaron el nombre del justiciero de autoría anónima pero recién incluyeron esa historia en el volumen número 12. Con el diseño original de José Carbonell, la serie nació como una quijotada entre amigos.

Bajo la dirección de Ederra –que estuvo a cargo del sello hasta unos días antes de morir, a los 101 años– también se publicaron Rastros (500 novelas policiales de aparición semanal);  la revista Pistas del Espacio y la serie Centauro, dedicada a la narrativa moderna.
La Robin Hood apareció en la época de oro del libro en la Argentina. Según puntualiza Octavio Getino en Industrias culturales en la Argentina, si entre 1936 y 1939 la producción fue de 22 millones de ejemplares, en toda la década del 40 se multiplicó hasta llegar a los 250 millones; el pico más alto en esta etapa fue en 1953 con un total de casi 51 millones de volúmenes y una  tirada promedio de 11 mil.  El país lideraba el mercado hispanoparlante y casi la mitad de la edición local viajaba al exterior.

Históricamente la gran competencia de Acme fue la Biblioteca Billiken, que también editaba clásicos de la literatura universal. La pelea era a brazo partido, pero siempre hizo justicia Robin Hood. La colección llegaba realmente a todas partes, no había casa que no tuviera algún ejemplar.

Judith Gociol

 

Acme Agency, es el  sello editorial que publicó, desde comienzos de los años ‘40, algunas de las colecciones de literatura popular más importantes de la Argentina: Robin Hood, Rastros, Pistas y otras lecturas fundantes precisamente durante ‘la edad de la inocencia’. El legado de Acme es poderoso tanto por el volumen de autores que difundió –con predominio del área aventurera y de género– como por la originalidad de los diseños, muy novedosos para su época.

La colección Robin Hood, ya se sabe, era –y es todavía hoy, renga y fea– ‘la de tapas amarillas’. Ahí estaban los clásicos de la aventura tradicional para los varones y las novelas sentimentales de las chicas. Buffalo Bill y Mujercitas; Robinson Crusoe y Azabache. Todos los que fuimos pibes en los años ’50 –y algunos un poco más grandes– ligábamos un par de títulos por cumpleaños. Si teníamos suerte, nos tocaba uno de la serie de El Príncipe Valiente, con los dibujos extraordinarios de Harold Foster que traían un castillo medieval o un mapa en la doble página de apertura, una aventura de Bomba, especie de joven Tarzán más moderno que escribía un ignoto Roy Rockwood, o una de las de piratas de Salgari: Sandokán, El corsario negro, cualquiera. Porque a los iletrados había cosas más arduas o profusas de texto, como los Dickens o algún Stevenson, que nos costaba remontar.

Sin embargo, fuera London, Mark Twain, Dumas o Verne el responsable de los contenidos aventureros no siempre debidamente adaptados –había cortes, algo que fue empeorando con los años–, lo que nos seducía era, sin duda, las unánimes tapas de Pablo Pereyra. El talentoso “Indio” Pablo Pereyra, dibujante y diseñador que arrancó prácticamente con el proyecto en 1942, es el responsable de que en términos gráficos la Robin Hood fuera lo que fue: inolvidable. Sobre todo por los dibujos grandes de las portadas, tan modernas en contraste con el logotipo clásico del héroe que robaba para repartir, hicieron la diferencia respecto de todo lo que había hasta entonces para chicos y jóvenes. Para los años ’60, lo mejor de Acme y de sus colecciones emblemáticas había pasado. Lo notable es, desde entonces,  la supervivencia extraordinaria del mito”.

Juan Sasturain, periodista y escritor

 


 

 
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