Museo del Dibujo Victor Delhez - Retrospectiva
 
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Nos tocó hacer reir
Museo de la Comunicación
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Artistas
Albístur, Joaquín
Altuna, Horacio
Alvarez Díaz, Nicanor (Alejandro Sirio)
Alvarez, Eduardo
Battaglia, Roberto
Blotta, Oscar (Uliano)
Breccia, Alberto
Cao Luaces, José María (Demócrito II)
Cascioli, Andrés (Demo)
Columba, Ramón
Conti, Oscar (Oski)
Divito, Guillermo Antonio
Durañona, Leopoldo
Ferro, Eduardo (Yayo)
Fontanarrosa, Roberto
Garaycochea, Carlos
Gubellini, Alcides
Lavado, Joaquín Salvador (Quino)
Locurátolo, Héctor (Torino)
López, Roberto (Viuti)
Lovato, Tulio
Málaga Grenet, Julio
Mazzone, Adolfo
Medrano, Luis J.
Palacio, Lino (Flax)
Pérez del Castillo, Arturo
Pérez del Castillo, Jorge
Quinterno, Dante
Romeu, Jaime
Roux, Guillermo
Sabat, Hermenegildo
Sojo, Eduardo (Demócrito)
Zavalla, Pedro Angel (Pelele)
 
Nos tocó hacer reir

Museo de la Comunicación - Frankfurt, Alemania
en el marco de la Feria del Libro de Frankfurt
del 24 de septiembre al 31 de octubre de 2010

Imago - Espacio de Arte Fundación OSDE
del 20 de enero al 12 de marzo de 2011

Universidad Argentina de la Empresa (UADE)
del 18 de marzo al 29 de abril de 2011

Edificio Lavardén - Rosario, Santa Fe
del 14 de mayo al 12 de junio de 2011


Continuará


Todo país tiene una fecha oficial de nacimiento. La Argentina festejó este 25 de mayo el bicentenario del inicio del proceso de independencia de España. Pero, además, cada patria es refundada en más de una oportunidad a lo largo de su historia. La elección o la imposición de un gobierno, una expresión cultural, una manifestación popular… A partir de esos gestos se delinea el perfil que una nación define para sí misma en cada época. Desde el siglo XIX hasta la actualidad, muchos dibujantes pusieron su ojo y su trazo en nuestra República: la han mostrado enferma, ultrajada, crucificada, harapienta, casquivana… Pero, a pesar de todo, de pie.
La Argentina tiene un derrotero cíclico y ondulante: divisiones internas resueltas con violencia; golpes militares; democracias institucionalmente débiles, crisis políticas, económicas y sociales; fuertes presiones internacionales… Lo que como sociedad nos saca a flote, una y otra vez, es la cultura. La creatividad es el rebusque con el que el país se reconstituye y logra producciones de indoblegable calidad. Lo prueban el centenar de trabajos que están en exhibición. El país ríe, para no llorar.
Ese devenir fue acompañado –mostrado, escrutado, ironizado– por viñetas humorísticas y tiras de aventuras desde hace dos siglos y la calidad alcanzada por esas producciones nacionales es reconocida en todo el mundo. Roberto Fontanarrosa, uno de los más importantes humoristas nacionales, tenía razón: “En la división internacional del trabajo a nosotros nos tocó hacer reír”. Por eso uno de los cuadritos de su Inodoro Pereyra oficia de lúcida guía de lectura para esta exposición.

En el origen. En marzo de 1779, el virrey Vértiz tuvo la poco feliz idea de modificar una tasa impositiva y, al hacerse pública esa disposición, la reacción de protesta se canalizó mediante el único medio de comunicación que existía en esa época: el pasquín, que era un volante fijado en lugares públicos. Uno de ellos fue clavado en la puerta de la casa donde residía Manuel Ignacio Fernández, superintendente general del Ejército y Real Hacienda. En el panfleto se representaba al funcionario junto al contador Francisco de Cabrera cabalgando en burro camino a la horca, con inscripciones alusivas al mal desempeño en sus funciones, acompañadas con amenazas y maldiciones.
Esa muestra de ácido humor exasperó al virrey, quien dictó sentencia contra cuatro habitantes de la ciudad por es¬tar “prohibida bajo grandes penas la composición de pasquines, sáti¬ras, versos, manifiestos y otros papeles sediciosos o injuriosos a per¬sonas públicas, o a cualquier particular”.
Quizás haya arrancado entonces la historia del humor gráfico en las tierras que –en el siglo siguiente– constituyeron la Argentina: una saludable dosis de crítica social cuyo efecto reparador censuras de toda índole y de todas las épocas han procurado, pero no lo han conseguido, malograr.
Mal de origen, la censura fue un mecanismo recurrente: desde el padre Castañeda, varias veces condenado al destierro a mediados del siglo XIX, y Eduardo Sojo, creador de la revista Don Quijote, a quien le incautaron la piedra litográfica con la que dibujaban las caricaturas, hasta Andrés Cascioli –cuyas publicaciones fueron prohibidas por el gobierno de Isabel Perón y por la última dictadura militar– o las trágicas desapariciones de Franco Venturi (que dibujó muchas de sus caricaturas en prisión) y de Héctor Germán Oesterheld, considerado el mejor guionista de historietas nacional y a quien está dedicado uno de los apartados de esta muestra.


Antídoto.  No en vano el origen de la palabra humor proviene de la medicina. Desde los tiempos de los griegos y los romanos hasta el afianzamiento de la medicina moderna, los estudiosos creían que por el cuerpo humano circulaban cuatro tipos de líquidos –los humores–, de cuyo equilibrio dependía el estado de salud de cada organismo. Una variación en esos humores hacía que la personalidad o la salud de una persona se vieran afectadas. Y aunque esa teoría ya ha sido científicamente superada sigue siendo evidente para los lectores de tiras y viñetas que el humor es uno de los modos más saludables de vida.
La primera forma que tuvo el humor gráfico fue la caricatura: dibujos que exageran o deforman las facciones y el aspecto físico de alguien o de algo, que lo ridiculizan o lo toman en broma. A modo de un lente de aumento, el dibujante llama la atención sobre un punto en el que hace foco. Se trata, a menudo, de atrapar un rasgo a veces imperceptible y hacerlo visible a los ojos de todos, agrandándolo; certeramente realizado, el efecto es demoledor.
La que es considerada la primera caricatura política nacional es esta cabeza de burro, publicada en el semanario Argos en 1824. Aunque su autoría es dudosa y, en general, los orígenes de los géneros son siempre difusos y discutibles, es incuestionable que, a partir de entonces, la Argentina desarrolló una tradición gráfica vasta y variada, con un estilo valorado en todo el mundo, incluso más que en el propio país.
Al igual que en otras partes, en estas tierras el humor gráfico nació como una herramienta de sátira política. Es imposible observar los ejemplares exhibidos de publicaciones del siglo XIX como El Mosquito y, sobre todo, Don Quijote, sin sorprenderse por el voltaje de la crítica que transmitían esas caricaturas.
Poco después, la gran usina de artistas y experimentación gráfica fue Caras y Caretas. Prácticamente todos los dibujantes de las primeras generaciones del siglo XX se mostraron en sus páginas y, a partir de su modelo, se crearon muchas otras publicaciones.
Es notable –y doloroso– constatar la vigencia de algunos cuadros dibujados y escritos desde dos siglos atrás a esta parte: la discriminación al diferente, el descreimiento en la clase política, el clientelismo, la corrupción, las promesas incumplidas...
“Un don especial de la caricatura política es su sentido profético –apuntó el viejo dibujante y editor Ramón Columba en su libro Qué es la caricatura–. Muchos acontecimientos han sido pronosticados con precisión de largo alcance. Quizás deriva esta facultad en esa permanente actitud de vigía que anima al caricaturista y que, al agudizar su espíritu de observación, lo lleva analizar el presente con vistas al porvenir”. Esa especie de radar inconsciente, capaz de traducir vibraciones premonitorias.
La primera historieta realizada en la Argentina se considera que fue Las aventuras de Viruta y Chicharrón, publicada en 1912, justamente en Caras y Caretas. Al parecer fue creada por George MacManus en Estados Unidos y cuando, por alguna razón, cesaron los envíos comenzó a ser dibujada en el país. Un año después aparece, en la misma revista, Sarrasqueta, el personaje de Manuel Redondo, ideado y realizado en la Argentina.
Al ritmo de un mercado en expansión, en la década del 20, la producción comenzó a diversificarse y a hacerse más elaborada. Los géneros empezaron a definirse y los trabajos a clasificarse, aunque todavía torpemente: la adaptación de novelas y los cuadritos de temática folclórica, aventurera o fantástica fueron considerados “historieta seria”, mientras que las humorísticas quedaron algo despectivamente relegadas a lo cómico.
Esta exposición abarca indistintamente cuadritos graciosos y cuadritos serios porque el “hacer reír” de Fontanarrosa puede ser extendido a aquellas tiras que, si bien no tienen como intención primera la de llamar a la risa, mantienen el sentido básico del género: un relato que acompañe y entretenga a sus lectores. Que es mucho decir.

    
Hitos. Diógenes Taborda –un dibujante enormemente popular en las primeras década del siglo XX– publicó en el diario Crítica los primeros bosquejos de lo que fue el humor costumbrista que caracterizó al género por esos años. Etapa conmocionada por la inmigración, algunas de las viñetas de esos tiempos no están exentas de prejuicio.
Por entonces, Buenos Aires empezaba a ser tematizada en las viñetas. Un poblado que dejaba de ser la Gran Aldea de los tiempos coloniales para convertirse en una urbe que crecía fracturada: mientras una zona se desarrollaba mirándose en el espejo de París, otra sufría el déficit de viviendas, de atención sanitaria y de alimentación. De esa fractura –todavía socialmente vigente– dan cuenta muchos de los trabajos en exhibición.
En 1922, Ramón Columba, taquígrafo del Senado de la Nación, fundó Páginas de Columba, donde aparecieron notables exponentes de las historietas gauchescas como Raúl Roux y Enrique Rapela, temática de gran difusión en esos tiempos de nacionalismo creciente.
Editorial Columba resultó un longevo proyecto editorial que, con revistas como El Tony, D’Artagnan e Intervalo, publicaba y vendía a destajo. Junto a este sello, los emprendimientos de Dante Quinterno (Patoruzú, Patoruzito, Isidoro…), de Manuel García Ferré (Anteojito y sus derivados) y en menor medida Ediciones Récord (con Skorpio) resultaron las patas que –entre las décadas del 40 y el 70– sostuvieron lo más parecido a una industria que tuvieron los cuadritos en la Argentina: desde las cifras de venta hasta el modo de producción en serie y el desarrollo de un abanico de merchandising en torno de los personajes.
La mayor parte de los materiales expuestos en Nos tocó hacer reír son originales. Pero también hemos incluido bocetos, páginas de diarios, revistas y libros, maquetas, filmaciones y otros objetos, de manera de dar cuenta de las diferentes técnicas que atravesaron este arte: los inicios a partir de la impresión con piedra litográfica, el largo reinado de la tinta china y el plumín, las témperas y las acuarelas; la incorporación de la computadora que modificó por completo el modo y los resultados del trabajo.
La aparición de la revista Rico Tipo –con las mujeres imposibles de Guillermo Divito, su director, en tapa– y también la de Patoruzito, que dio cabida a personajes delirantes y maravillosos como los de Eduardo Ferro y Roberto Battaglia, marcaron un nuevo punto de inflexión en la calidad de lo realizado, Otro hito resultó la fundación de la editorial Frontera, a cargo de Héctor Germán Oesterheld: la aventura llegó a su pico de la mano de Francisco Solano López, Alberto Breccia, Hugo Pratt y muchos otros dibujantes
Con Mafalda, Joaquín Lavado –Quino– inauguró una tradición historietística que ya no permite  vuelta atrás: la dimensión psicológica de los personajes. De características a la vez argentinas y universales, esta tira se tradujo a una docena de idiomas, lleva vendidos más de trece millones de ejemplares y –figura emblemática del humor gráfico nacional– es una de esas lecturas que se transmite de padres a hijos, desde hace por lo menos tres generaciones. Además de la enfant terrible, en la muestra se presentan algunos otros cuadros de ese humor inteligente, impiadoso y desencantado característico de Quino.
En los 70 hubo tres emprendimientos que pasaron a la historia: la revista cordobesa Hortensia, creada por Alberto Cognini, donde empezaron a publicar Fontanarrosa y Crist; la contratapa de Clarín, el primer diario en nacionalizar sus historietas y cuadritos de humor gráfico, y la revista Satiricón, que alcanzó enorme popularidad antes de ser prohibida por “inmoral” por el gobierno de Isabel Perón.
Fuera de las páginas de algunos diarios, el último refugio orgánico del género en la Argentina fue Ediciones de la Urraca, de Cascioli, quien, luego de las experiencias de Satiricón y Chaupinela, publicó la revista Humor, emblemático símbolo de oposición a la última dictadura militar en un contexto de fuerte persecución no sólo a la personas sino a los bienes culturales. Al plan sistemático de desaparición de personas, le correspondió un proyecto, también sistemático,  de desaparición de símbolos, discursos, imágenes y tradiciones. Si por una parte estaban los campos de concentración, las prisiones y los grupos de tareas; por la otra, se afianzaba una compleja infraestructura de control cultural y educativo: equipos de censura, análisis biográficos, memos de inteligencia, abogados, intelectuales, académicos, planes editoriales, decretos, presupuestos, oficinas…
Los hacedores de cuadritos no fueron ajenos a este terror y si bien muchos encontraron una tangente protectora en temáticas más generales y universales, algunos trataron de insinuar lo que pudieron. Eso pudo verse reflejado, dentro de las tiras, en los papelitos que, contra la voz oficial, Clemente –el personaje de Caloi– incitaba a tirar en la cancha durante el Mundial 78; el vaso de whisky que Hermenegildo Sábat le dibujaba siempre a Leopoldo Galtieri, el militar que impulsó la guerra contra Inglaterra por la recuperación de las islas Malvinas; la increíble y lúcida Bosquivia, que era una metáfora apenas velada de lo que ocurría en la dictadura, y por supuestos las saludables páginas de la ya mencionada revista Humor.
La Urraca editó también Sex Humor, Superhumor y Fierro, donde convivían los dibujantes y autores argentinos consagrados en Europa pero sin cabida en el país con varios de los hoy reconocidos, y entonces nuevos, artistas.
A partir de entonces, las viñetas sobrevivieron gracias a un movimiento generado lenta pero sostenidamente bajo tierra: la historieta under. Hacedores jóvenes que publicaban en fanzines de factura artesanal, que se distribuían de mano en mano y que salían como y cuando podían. La Internet potenció y visibilizó a ese movimiento que, ahora, también tiene un espacio en la nueva Fierro. Reeditada por el diario Página/12 y muy diferente a su versión original, cumple esa indispensable función de vidriera y portavoz.
Estas publicaciones son el sostén de gran parte de los trabajos exhibidos. El diario Crítica, editorial Abril (Misterix, Rayo Rojo), Tía Vicenta, las publicaciones de Enrique Rapela, Adolfo Mazzone y Héctor Torino y las publicaciones que a lo largo del tiempo se desarrollaron y sostuvieron fuera de Buenos Aires, en distintas partes del país, son otros de los hitos de esta historia a cuadritos que puede seguirse en la línea del tiempo montada a lo largo de toda la sala.

Marca nacional. A partir de la llegada masiva de inmigrantes al país –proceso que enmarca el desarrollo del humor gráfico y político en la Argentina– la cuestión de la nacionalidad del arte fue puesta en debate. Y en ese marco cargado de prejuicios se insertaron los dibujantes europeos, sobre todo españoles y franceses, que llegaron a Buenos Aires en el siglo XIX. Esa discusión terminó por no tener sentido: es innegable que fueron esos artistas extranjeros los que definieron la producción gráfica nacional y le fijaron un punto de partida de sobresaliente calidad. Y también que fueron muchos los que llegados de otras latitudes definieron nuestro trazo nacional.
“¿Es nacional El Eternauta porque transcurre en Buenos Aires y no Sargento Kirk porque pertenece a la épica de la conquista del Oeste norteamericano aunque las dos hayan sido escritas y dibujadas en el país?”, se preguntaba sabiamente el viejo Breccia, y sostenía: “Si definimos como argentina a toda historieta realizada en el país llegaremos seguramente a la conclusión de que no sólo existe una historieta nacional sino que ella es una de las que han dejado su huella con más fuerza en el mundo”.
La identidad nacional va mucho más allá de lo que fijan oficialmente los documentos, de modo que en Nos tocó hacer reír se incluyen trabajos de un uruguayo tan argentino como Hermenegildo Sábat o de un italiano tan porteño como Hugo Pratt, así como páginas realizadas por argentinos radicados en el exterior como José Muñoz, Juan Giménez o Mordillo. Razones políticas y económicas, enmarcadas en la falta de una industria nacional sólida en torno a los cuadritos, hizo que muchos artistas partieran o bien se radicaran en otros países o que trabajaran para el mercado externo, sin que sus compatriotas conocieran siquiera sus trabajos. Este entramado enrevesado es parte constitutiva de esta muestra.
Con todas las dificultades del caso, la idea es que el material exhibido dé cuenta de algún aspecto de la Argentina, que no necesariamente debe ser una referencia política o temática, sino que remita –al menos– a una escenografía ligada a lo nacional, y que se enmarque en los núcleos temáticos que, a partir de lo que surge de los propios trabajos, organizan el relato de la exposición.
Siempre hay algo arbitrario e injusto en la decisión de a quiénes incluir en proyectos de este tipo; en este caso tratamos de ceñirnos a estos ejes, de límites laxos, pero límites al fin. De todas formas, lo que dio por resultado es una gran diversidad de enfoques, de técnicas, de estilos y de influencias que no responden sólo a nuestra mirada individual sino a la intención de dar cuenta de las tendencias que surcan el género.
Que el Estado, uno de los principales blancos del humor de todas las épocas, sea quien convoca a la realización de Nos tocó hacer reír y que ésta rescate un género que nació, creció y se desarrolló con enorme popularidad, pero en los márgenes de la cultura consagrada, es un gesto auspicioso para intentar dibujar una patria, desde el primer trazo, de pie.

 

María Paula Doberti y Judith Gociol 

 

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