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Lajos Szalay, la línea maestra
Museo de Artes Plásticas Eduardo Sívori
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Artista
Szalay, Lajos
 
Lajos Szalay, la línea maestra

Museo de Artes Plásticas Eduardo Sívori
del 2 de junio al 15 de julio de 2012

 

Al maestro con gratitud
Reproducido en el Nro. 42 (Enero-Febrero 2001) del Periódico de la SAAP 


Hace tiempo esperaba la noticia irremediable. Había vuelto a su Hungría natal con todos los honores. Su mente funcionaba lúcida, su intenso disconformismo seguía latente, pero su físico entró en un callejón  sin retorno. A través de un periodista amigo de Budapest me llegó el desgraciado anuncio: ¿Sabes que falleció tu maestro ?...

Posiblemente las nuevas generaciones ignoren su nombre o tal vez tengan alguna difusa referencia de él. Estoy hablando de Lajos Szalay, un artista admirable que sacudió el ambiente plástico de los ´50 - ´60 con sus estupendos dibujos en blanco y negro.
   
Conocí a Szalay siendo yo un pinche tipógrafo en una imprenta dónde él había llegado por un contratiempo  con un libro sobre sus trabajos de la Editorial Kraft. Lo veía pasear en el patio de una típica casa chorizo, caminando nervioso de un lado a otro, con las manos cruzadas en la espalda. Lo miraba de reojo, sin animarme a hablarle. Tiempo después, a través de mi padre que quería consultarlo sobre mis posibilidades creativas, pude conocerlo más cercanamente. Con temor y expectativa le acerqué mis dibujos de estudiante. En sucesivas charlas pude conocer  su fantástica sensibilidad, sus asombrosos conocimientos del arte y del hombre, su conducta ética de profundo pensador y comprender su dolor por la patria perdida. En nuestros encuentros posteriores traté de seguir con mucho esfuerzo sus conceptos motorizados constantemente por re?exiones apasionadas y punzantes.

Recuerdo una anécdota con orgullo: después de una extensa charla, desbordado por su temperamento, su mujer lo interrumpe diciéndole que dejara de una vez en paz a ese muchacho. Szalay le respondió que el muchacho o sea yo, era de la misma madera que él, de modo que no había problema  alguno en apasionarse por temas a?nes.
   
En una oportunidad le mostré una ?gura que yo creía "muy moderna ", pero encerrada en rígidos esquemas geométricos. Luego de observarla la respuesta fue sabia y certera: “pero no, la cosa es al revés, la tenés  que sacar del sarcófago no meterla adentro”. Era así, categórico, visceral, en ocasiones tierno o sarcástico, sin actitudes acomodaticias o negociadoras que le acarrearon no pocas di?cultades. Tenía sin embargo sorprendentes rasgos de humildad. Más de una vez me confesó que “dibujaba porque no sabía hacer otra cosa” o “descreía hasta de precios mínimos que en determinado momento ofrecían por sus dibujos”.

Con este bagaje interno a cuestas era previsible que no resolviera la relación arte - dinero. Huía de cualquier situación que le fuera impuesta, extraña a su conducta. De origen campesino, aunque su padre fuera un guardabarreras, tenía la tozudez y el orgullo de los suyos. Recordaba con dura emoción la brutal pelea entre padre e hijo, de un hermano de 18 años por la elección de su futuro. La lucha ?nalizó con los contrincantes extenuados y doloridos, sin vencedores ni vencidos. Finalmente el muchacho recibió la autorización paterna para ingresar a la carrera militar.

Durante los años de su actividad artística en la Argentina, a la que llegó en 1948, corrían extrañas versiones sobre su pasado. Se comentaba que se había desencantado de sus fervientes ideas comunistas, hecho que le signi?có problemas con la izquierda de aquel entonces, particularmente después de los magní?cos trabajos que hiciera sobre la Revolución húngara del '56. Sin embargo el móvil no era la política, sino la violencia, la
injusticia, el avasallamiento de un pueblo por otro.

Szalay era difícil en el trato, algo paranoico, contradictorio y “anti todo": antinazi, anticomunista, anticlerical, antisemita, antiyankee, anticonvenciones, anti-mediocridad. Orgulloso de su nacionalidad, que no dejaba de recalcar hasta el cansancio, también se sentía desarraigado con relación a sus compatriotas de la colectividad húngara. Lamentablemente estos no supieron apreciar la calidad de su arte personal. Simplemente creían estar frente al clásico cliché del artista: “raro y difícil”. Salvo excepciones no disfrutó ni del apoyo, ni del reconocimiento de sus connacionales. Más de una vez me decía con rabia: “les puse un despertador y no se despiertan”. Detrás de la bronca se escondía la indisimulable añoranza de ser reconocido por la gente de su habla. Los contados apoyos, numerosos estímulos y reconocimientos, procedían de los argentinos, aún de los que no concordaban con él.

Disconforme y crítico, era profundamente creyente en Dios y a pesar de todo en el hombre. Vivió y sufrió la desgarrante Europa de la 2da. Guerra Mundial, con sus muertes, persecuciones, hambres, miserias y una enorme frustración frente a un mundo mejor que no se concretaba. Sus obsesiones giraban alrededor de los grandes enigmas de la humanidad: vida, muerte, amor, injusticia, poder, violencia, Dios y la fe. Renegaba del arte abstracto pero le interesó por ejemplo la gran muestra cinética de Vasarely que tuvo lugar en el Museo de Bellas Artes. Siendo su obra figurativa supo ver la innecesaria presencia de elementos realistas en el cinetismo del maestro geométrico. Sabía valorar obras tan personales, variadas y sutiles como las de Paul Klee. Comentaba que Klee pintaba así “porque tocaba el violín”. Sin duda alguna las cuerdas artísticas del genial suizo eran de una sensibilidad descomunal.

Preocupado constantemente por la realidad creativa tenía curiosas ideas al respecto, por cierto discutibles. Manifestaba sin vueltas su complejo de inferioridad frente a la capacidad artística innata de los latinos. Hablaba de formas convexas y cóncavas o sea formas plenas y vacías que se manifestaban en las expresiones plásticas de las distintas etnias. Según esta teoría los italianos y los argentinos tenían una gran facilidad creativa, mientras que él debía remar con sostenido y extenuante esfuerzo hasta lograr algún resultado digno
.
Szalay nació en 1909, realizó sus estudios en Budapest y concretó dos estadías en París antes y después de la Segunda Guerra Mundial. Cumplió su servicio militar temblando constantemente por la posibilidad de perder un brazo. En una ocasión un o?cial que se instaló en forma prepotente en su asiento del camión de transporte, perdió su  brazo derecho desgarrado por una granada. Aterrorizado aprendió a dibujar con la zurda.

Ejerció la docencia en Tucumán y posteriormente en Buenos Aires con enorme ascendencia sobre sus alumnos, y envidia de sus colegas, ya que su cátedra se llenaba de jóvenes ávidos de sus enseñanzas. Sin embargo la muestra más original y creativa estaba en sus trabajos. Su presencia se hizo notar ostensiblemente en toda la generación  de dibujantes argentinos que despuntaban en los años '60. Hasta tal punto, que podemos hablar con justicia del dibujo en la Argentina antes y después del maestro húngaro. El dibujo desde entonces se ha desarrollado no sólo como basamento para una obra posterior, en un sentido clásico, sino como una expresión  rica e independiente. Una determinada manera de segmentar, construir y envolver las formas y el espacio a través de un gra?smo original, se puede decir que nace con Szalay, es desarrollada por otros artistas plásticos y llega enriquecida hasta nuestros días.
 
Sus muestras en la sala 5ta. de Van Riel -cuyos generosos propietarios supieron apreciar su enorme talento-, en la galería a Witcomb y en otras salas, eran una ?esta para los ojos. El autor, sobre papeles blancos generalmente de medianas dimensiones, nos abría enigmas de fascinantes recorridos. Su temática era "el hombre y sus circunstancias", como diría Ortega y Gasset. A partir de allí surgía una humanidad sostenida por una apasionante armonía de líneas que volaban y se entremezclaban generando dinámicos recorridos, líricos, inesperados, o gra?smos rabiosos.

Tan intensa era la identi?cación del autor con la intención de sus trabajos, que según su mujer, observando la cara de su marido, ya sabía que tema estaba dibujando. Cabe agregar, que ella era la celosa guardiana de los trabajos del maestro, ya que no pocos se aprovechaban de su desprendimiento. Se había popularizado la frase: “Si querés un trabajo de Szalay nunca hables con su mujer."

En la muestra del '59 en la galería Van Riel, el crítico de arte Guillermo de Torre manifiesta entre otras cosas: ... “Si la órbita de expansión de su obra logra acrecerse, como es deseable aunque ello no está en sus manos, no hay duda que Lajos Szalay será reconocido y proclamado como uno de los más grandes dibujantes europeos del presente”.

Podríamos seguir con infinidad de reconocimientos, desde J. Gómez Sicre, jefe de la Unión Panamericana durante esos años, al crítico y estudioso del arte Romero Brest, pasando por infinidad de admiradores que van desde artistas plásticos hasta anónimos estudiantes y público diverso. Se comentaba que hasta Picasso lo había equiparado a su altura.

El crítico de arte Raúl Santana como prologuista, realizó una aguda visión de Szalay hombre y creador, posiblemente una de las más lúcidas que se escribieron sobre él: “ante todo la obra de Lajos Szalay es una demostración de ilimitada libertad: ¿Dónde comienza un dibujo suyo? En cualquier parte, y el resultado, siempre es la conjugación de esos elementos ocultos que componen al modelo denodado, por un lado orden y estructura, por otro, la variedad de líneas que juegan… El resultado es la creación de una iconografía, que aún basándose en “temas”, a veces mitológicos, a veces bíblicos, expresa la contingencia humana, ejemplificando con ello el aspecto más evidente del espacio contemporáneo: ironía, amargura, dolor, grito, fragilidad, esperanza y desesperanza, se desprende de estos des-dibujos cargados de ritmo y  métrica, vibrantes de dinámica, que revelan no solo una propuesta visual, sino un profundo sentimiento del mundo.”

Yo diría que hay una profunda “internalización testimonial”, traducida con elementos gráficos, sin fáciles recursos de anécdota. Parafraseando algún humanista del Renacimiento podemos decir que “nada de lo humano le era ajeno”. Szalay  parece confirmarlo de infinitas maneras. Un día me dijo con toda naturalidad: “¿Sabes porque puedo dibujar bien a las mujeres?, porque he recorrido cada rincón de sus cuerpos”

Ciertamente el artista ha recorrido un largo camino interno y geográfico. De la Argentina pasó a U.S.A., de allí a París y finalmente retornó al país natal de sus añoranzas que lo recibió con respeto y le dedicó un Museo a su memoria.

Falleció en 1995. Desde aquí quiero recordarlo con una enorme deuda de gratitud.

Ladislao Magyar

 

La  ilustración en los medios gráficos, acompañando un texto literario o simplemente una nota, es un recurso que tienen los artistas plásticos, no sólo como salida económica sino como una búsqueda estética y política con un alcance mucho mayor que el que puede ofrecer la exhibición de sus obras.

Así lo explica Cayetano Córdova Iturburu: “realizar esa completa y alta tarea colectiva que es la edición ejemplar de un libro importa algo más y tiene, por cierto, más trascendente significación social que el más singular de los esfuerzos individuales. El libro como obra de arte es un índice de civilización, es decir de desarrollo general de la cultura de una sociedad, como que es el resultado de una concurrencia causal -no casual- de factores estéticos, artísticos y artesanales”.

Don Quijote de la Mancha es quizás la novela más célebre de la literatura universal, y posiblemente, después de la Biblia, la que más ha servido para que artistas de todos los tiempos tuvieran en la historia cervantina  una fuente de inspiración.
Apenas unas décadas después de ser escrito, el ingenioso hidalgo y su panzudo escudero fueron personajes populares y sus figuras ya estaban siendo reproducidas en lugares tan lejanos como Europa, China o el Nuevo Mundo.
Multitud de artistas, especialmente grabadores, reinterpretaron esas imágenes, que enriquecieron las sucesivas ediciones del Quijote dentro de las tendencias estéticas de cada época. Entre los más importantes podemos mencionar a Honoré Daumier, William Hogarth, Gustave Doré, Salvador Dalí y Pablo Picasso.
Lajos Szalay no podía estar ausente de esta tendencia y dejó una serie de ilustraciones que no sabemos si tenían el objetivo final de su publicación. Tampoco sabemos cuanto admiraba al personaje o si se sentía identificado con él. Algunas de esas imágenes se pueden apreciar en las páginas siguientes.
El que si participó con sus ilustraciones en una ambiciosa edición de EMECE en 1958, es el discípulo más importante que tuvo Szalay en Argentina: Carlos Alonso.
La editorial realizó un concurso para ilustrar la segunda parte del Quijote, ya que la primera parte contaba con ilustraciones nada menos que de Salvador Dalí.
En el certamen participaron importantes dibujantes y plásticos argentinos y representó el lanzamiento internacional del entonces joven artista mendocino. 

Hugo González Castello

 

En el contexto de la exposición Lajos Szalay, la línea maestra en Argentina, este libro complementa la imagen del artista destacando  su faceta de  Ilustrador.
Es primario destacar la pasión que Szalay tuvo siempre por la literatura para comprender este costado de su producción y podemos intuir que aceptaba con placer muchos encargos de ilustrador por el tiempo que le insumía abocarse a la lectura de escritores que admiraba y disfrutaba.
En los Estados Unidos esta afición se vio reforzada por las dificultades que le suponía hablar la lengua inglesa que por el contrarío leía y comprendía a la perfección.
Cervantes, Dostoiesvski, Chejov, Kafka, Baudelaire y Galeano son algunos de los autores que desfilarán por este libro bajo las interpretaciones visuales que Lajos Szalay hiciese de las obras principales con que ellos aportaron a la literatura universal.
Debemos  aclarar, por lo inmerecidamente devaluado que está el término ilustrador, que en artistas como Szalay no encontramos a las artes visuales al servicio de la literatura ni subordinadas a ella, sino un arte que se sirve y nutre del texto como disparador creativo.
En este sentido se edifica un diálogo entre lenguajes donde  los dibujos complementan lo escrito y construyen una narración paralela. Szalay logró expresarlo en una entrevista cuando le consultaron sobre diversos libros que había interpretado gráficamente “La epistemología del dibujo y de las palabras habladas y escritas es diferente. El único tipo de relación que pueden tener es de carácter ornamental. Pero las ilustraciones llenan un vacío en el texto, es decir, no tiene nada que ver concretamente con lo escrito.”
Valiéndonos de sus palabras podemos decir que su trabajo estuvo al servicio de completar los vacíos visuales que irrumpían en la narración que imaginaba al realizar una lectura. Así, sus obras se presentan como  irrupciones en los silencios que el texto genera y la suma de interpretaciones visuales completa el texto al tiempo que construye un puente en el que ambos códigos expresivos se unen bajo una esencia que es el alma misma de la palabra y  la imagen.
Lajos Szalay fue una figura controversial, de presencia segura y ruda. Para  él hablar era sentenciar y dialogar equivalía a confrontar. Se ubicaba siempre en el polo opuesto de su interlocutor así opinasen igual para analizar hasta que punto podía sostener el otro su discurso y defender lo que ambos consideraban correcto.
Hoy a la distancia quedan  vagos recuerdos de quienes lo conocieron hace sesenta años en la Argentina y es por eso que presentaremos en este libro las palabras que en su momento le dedicaron importantes críticos y artistas, como así también  frases del propio Szalay en referencia a diversos temas que lo inquietaron.
Dibujantes argentinos como Carlos Alonso, Martínez Howard, Di Toto, Roberto González, Ludueña, Doninni o Aurelio Salas, solo por nombrar algunos, no hubiesen desarrollado una obra como la que conocemos si Szalay no abría la puerta que liberó al  dibujo de la subordinación que mantenía con otras disciplinas.
Aporte  que podemos distinguir también en el lineamiento cercano al expresionismo alemán que todos estos artistas siguieron,  ya que si bien podemos recordar al grupo  de los Artistas del Pueblo como pioneros en la introducción de los conceptos de esa vanguardia europea, fue Szalay quien revitalizó los mismos tras el auge que tuvieron en nuestro país las vanguardias abstractas.
Celebro esta publicación, presentada  en el contexto de su retrospectiva Lajos Szalay, la línea maestra en Argentina,  que tiene como objetivo rescatar la obra y figura de este artista singular que vivió en nuestro país durante la década del cincuenta y marcó su época con la calidad de un trazo que mantuvo firme y sin distorsiones frente al paso del tiempo logrando perdurar hasta el presente. Es la hora de la justicia, de su reconocimiento y de que ocupe el lugar que merece.

Sergio Moscona

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